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Postales desde Franckfurt

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Cuando era niño tuve un sueño.
Viviría en un lugar naranja. De ocasos naranjas y brisas leves apaciguando el calor del día. De calesitas (me niego a llamarlas carruseles) y plazas.
Un lugar en el que la gente viviese tranquila y contenta. Un lugar para muchos sin la apretujada envidia ni el insensible egoismo. Casas con jardines e íntimas arboledas.
Veía reiteradamente las secuencias del sueño en la vigilia: fotogramas difusos de áquel lugar, sucediéndose sin ningun orden. Unas pocas fotografías rellenadas con los artificios de la imaginación del niño. La visión del atardecer era de las más recurrentes: una plaza, una alameda, unos jóvenes volviendo a su casa porque el sol comezaba a caer y el quiebre del silencio provocado por la oleada de hojas secas sobre el asfalto, la risa de los niños o el aletear de bandadas de pájaros.
Mientras el día se marchaba, los chicos terminaban sus juegos de pelota en las veredas; las luces de las casas se encendían. Eran luces naranja. Adentro, las madres preparaban delicias de merienda y cobijaban las camas. En rincones ignorados, algunas parejas confesaban amarse. y en sencillos estadios, el clima festivo se cerraba con alegres coros. Los viejos mientras tanto, observaban, en los umbrales, el placido devenir de la vida desde un particularísimo lugar.
De niño pensaba que si fuera presidente, haría de mi ciudad, un lugar asi. Si fuese Dios, haría el mundo de esa manera. No conocía aún la pesadumbre de saberme limitado y mortal.
El sueño se fijó. Las imagenes pronto fueron sustituidas por otras que el tiempo puso más brillantes y mejor ordenadas. Crecí.
Pero el sueño del lugar naranja siempre estuvo allí. Como un ideal. Como algo que tal vez algún día pudiese encontrar.
Algunas veces creí vislumbrarlo en las calles de Banfield. Ciertos domingos de otoño.
Otras veces, los cuentos de Cortazar dibujaron calles que transmitian esa sensación. (Casualmente, él tambien recorrió de niño las calles de Banfield). Más tarde, algunos pueblos y pequeñas ciudades del interior se mostraron parecidos.
Pero el sueño naranja era distinto. Habia en el sueño una especie de completud. A decir verdad, habia en esos reales lugares parecidos algún faltante. Como si algunos elementos no estuviesen en su lugar. Los lugares eran realmente parecidos; de hecho, tenían a su favor, el mérito de lo real. Son justamente los lugares a los que he dado importancia: Lugares parecidos a un lugar naranja.
Años más tarde, me preguntaría a mí mismo sobre las causas que influyen la formación de un sueño (Un sueño de cualquier color) en un niño. ¿De donde venía aquel bagaje de información de escenas y sensaciones que nunca había experiementado realmente? Desde luego, la respuesta se suponía tan compleja que nunca me plantee seriamente descifrarla. Finalmente la olvidé.
El destino quiso traerme una respuesta dolorosa. Años después descubrí que aquel sueño no era un sueño propio.. sólo eran las imagenes disparadas por la publicidad televisiva. Fue en internet donde pude acceder a los avisos comerciales de los 80´. Recordé varios… reconocí muchas imagenes como propias. Muchas publicidades habia ayudado a construir una fantastica realidad. Una útopia siempre destinada a convertise en frustración.
De todas las publicidades que volví a ver… elegí una que me pareció la más representativa. (dejo el link para que puedan verla).
Despues de la frustracion, estimo importante una revalorizacion de los conceptos. Las imagenes se agrupan en torno a un nuevo orden, seguramente más real; posiblemente menos bello.
Como sea, es bastante duro descubrir que el sueño de uno no es el sueño de uno, sino, tal vez, entre otras cosas; sea un aviso de hamburguesas.

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y de repente me dió hambre…
o tristeza… No estoy seguro.